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Editorial HRN: Navidad, esperanza y restauración

Navidad
Personas en la villa navideña en la capital hondureña.

Tiempos de incertidumbre, calamidad y pandemia. Pero también un tiempo de esperanza, de restauración, y una oportunidad de renovar los valores que nuestro señor Jesucristo nos transmitió vivencialmente sobre la posibilidad de ser mejores personas, buenos cristianos.

Son ciertamente tiempos de adversidad e indefensión frente a lo que no podemos controlar y mucho menos cambiar, pero quien no va a estar de acuerdo en que éstas son también fechas en las que los hondureños, además de conmemorar el nacimiento del niño Dios, nos encuentran con esa expectativa y aspiración de ser mejores seres humanos, mejores hijos, mejores padres, mejores hermanos, mejores familias, de ser una mejor nación.

De eso se trata la navidad que de nuevo ha llegado; de que abriguemos esperanza, confianza en nuestras propias potencialidades y capacidades, de que a pesar de que parezca todo cuesta arriba y en retroceso, los hondureños creamos que en medio de las adversidades, podemos seguir y salir adelante, podemos recuperar la alegría y la unidad alrededor de la cristocéntrica fe que nos asemeja y que nos hacer confiar aún en el Señor.

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En un país como el nuestro en donde a diario sufrimos los embates de la violencia criminal, la corrupción rampante, la insensibilidad y la deshumanización, no es fácil ciertamente tener esperanza, no parecieran haber motivos para celebrar la fiesta de la navidad, pero la sociedad hondureña, los que en la colonia Planeta de la Lima perdieron prácticamente todo, los padres de las dos jóvenes hermanas que hace dos días atrás fueron asesinadas en Reitoca Francisco Morazán, las familias a quienes el covid les arrebató tres y hasta cuatro parientes, tienen que creer que con el nacimiento del niño Jesús nació una promesa nueva para ellos, la esperanza de que cosas mejores vendrán, la esperanza en un mesías que fue lo que mantuvo a los israelitas durante miles de años, esperando que algo iba a cambiar en medio de aquellas penurias que durante generaciones tras generaciones, tuvieron que soportar. 

Los hondureños también hemos vivido situaciones horribles y hemos sobrevivido a muchas adversidades como las que le tocó a vivir a miles de familias con el paso de las dos tormentas tropicales.

Nos ha tocado cargar a cuestas la pesada cruz de la pobreza, nos ha tocado arrastrar la tortuosa carreta de las calamidades naturales, hasta pagar las consecuencias de los malos gobiernos y de los políticos insensibles y avorazados.

Nos ha tocado pues bailar con la más fea. Pero como los israelitas, nos hemos aferrado a la esperanza, débil o pequeña, pero ha sido eso lo que nos ha permitido, a la par de nuestras potencialidades y capacidades de sobrevivencia, mantenernos a pesar de todo y al menos, a flote. 

 No nos ahogamos a pesar de todo, aún en medio de las turbulentas aguas de la desidia pública, de la sectaria insensibilidad política, de la corrupción rampante, de la pérdida de valores. El papa Francisco ha proclamado que con el nacimiento de Jesús ha nacido en efecto esa promesa nueva, y un mundo y una sociedad que puede renovarse y construir mejores ciudadanos. ¿Por qué esa promesa no puede ser válida para Honduras?

La historia de la humanidad ha estado marcada por las adversidades y también por las debilidades propias de los humanos, pero la esperanza y en lo que creemos es lo que hace posible que las sociedades, por muy martirizadas y en estado de indefensión como la nuestra, no solo se han levantado, sino que además fueron restauradas y reconstruidas desde lo material pero también desde los valores eternos de la solidaridad, la justicia y la compasión.

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Para muchos la sensación común es que la pérdida del empleo, de oportunidades, el confinamiento, la muerte de parientes cercanos, la frustración, ha echado al traste cualquier celebración, pero esta adversidad atizada por la pandemia que nos asoló este 2020 más bien nos tiene que servir como lección para que volvamos a cultivar los valores eternos y universales de la bondad, del cuidado individual en beneficio del bien común, volver a confiar en un ser superior, y no en personas ni en políticos.

Ha sido ciertamente un año en el que un virus nos ha recordado nuestra fragilidad, pero también se ha tratado de un tiempo en el que además de recuperar la sensibilidad pérdida o en precariedad, nos tiene que hacer recordar que somos y tenemos por pura gracia y misericordia del Señor y del nacimiento de Jesús en nuestros corazones.

Y que en estos tiempos difíciles, ésta navidad sea de paz, salud y bienestar para todos los hondureños, aún para aquellos que nos han hecho la vida de cuadritos.

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